Sólo esa afirmación ya hizo sudar la gota gorda a la multitud.

Los presentes podían representar a la perfección a todo el mundo de las artes marciales de Ciudad de Jade. Cada uno de ellos era un prodigio en el mundo de las artes marciales, con una autoridad y una fuerza que no tenían parangón en toda Ciudad de Jade.

Irónicamente, una palabra de Kawasaki era más que suficiente para asustarlos.

Entre ellos estaba el líder del grupo, que fue el primero en bajar la cabeza con respeto y decir:

—Señor Kuroki, es cierto que sólo podemos culparnos a nosotros mismos de la caída del mundo de las artes marciales de Ciudad de Jade. Aun así, necesitamos su ayuda para deshacernos de ese mocoso de Cananea y levantar la moral de nuestros civiles. Claro que vendremos a pedirle perdón después de eso.

Todos eran muy conscientes de que Kawasaki estaba enfurecido por cómo el mundo de las artes marciales de Ciudad de Jade había quedado reducido a ese estado.

—¡Alguien tiene que rendir cuentas por esto!

—Estamos dispuestos a reparar el daño, señor Kuroki. Le imploramos que nos ayude a recuperar la gloria de Ciudad de Jade —gritó el grupo al unísono.

Mirando a las docenas de hombres que tenía ante sus ojos, Kawasaki soltó un suspiro.

—De acuerdo. Les ayudaré por última vez. No vuelvan a molestarme cuando esté meditando.

dejar caer su comentario, su cuerpo flotó en

poco, liberando ráfagas de ola de calor que de inmediato envolvieron el lugar. Lo siguiente que vieron fue el lago

salieron los ojos de las órbitas de

medio de la lava fundida había

katana, y en un instante,

Gran Marqués de las Artes Marciales. Para que se sintieran intimidados por semejante aura,

aire tan intimidante, esa katana no parecía nada fuera de lo

tres días después junto con ese Cananeo. Me da igual cómo lo

la

ya era una hazaña considerable. Nunca tendrían el

cabaña de madera, se quedaron perplejos ante la

llegaron por primera vez a aquel lugar, la ruta podría haber sido escarpada, pero les había sido posible pisar el suelo. En aquel momento, sin embargo, no había ni siquiera un lugar

que hacía falta para superar esa altura, no con su

cabaña de madera y les lanzó

¡Clang! Desenvainó su katana.

de sus manos, envió un rayo

muy casual que pareciera ese movimiento, Kawasaki desató una ola de energía tan aterradora que al

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